Este próximo domingo celebraremos el DOMUND. Con el lema “Misioneros de esperanza entre los pueblos” la jornada de este año se enmarca en el año especial del Jubileo de la Esperanza convocado por el Papa Francisco.
Desde hace varios años, las diócesis vascas organizan cursos de sensibilización misionera en los que han participado ya cientos de personas, en su mayoría jóvenes. En muchos casos, además, han concluido con una experiencia de verano como es el caso de este año: en Togo, Kenia, Ecuador y Bolivia.
Uno de estos jóvenes, Iñigo Cobo, semanas después de su regreso, nos envía su testimonio que, por su interés, reproducimos a continuación, a la vez que os animamos a que os planteéis la posibilidad de participar en uno de estos cursos que comienzan este mes: en Bizkaia, “Norte Sur” se iniciará este próximo sábado 18 de octubre y en Vitoria, y «Aldatuz», el sábado 25 de octubre.
Togo
“Había dos preguntas clásicas: ‘dónde está Togo’ y un ‘oye, pero por qué te vas a eso’ La primera es muy fácil de responder, un simple apunte geográfico que reafirma, simplemente, que hay decenas de países invisibles. La segunda, por otro lado, es más complicada: desde pequeños nos enseñan a mirar a otro lado, a huir de conceptos como peligro, pobreza o África, palabras que parecen sinónimos en un mundo encerrado en sí mismo.
En uno de mis últimos días en Togo, sopesé y pensé qué me llevaba de allí, de un país que pocas personas saben ubicar en un mapa. Situándolos en mi cronología vital, treinta y pocos días no son nada; sin embargo, encuadrando esta experiencia en un plano emocional, pienso que bajo la sombra de un baobab se concentra un universo entero; uno rico, complejo y apasionante que ha colisionado con el mío, con la misma fuerza con la que caen los frutos de estos árboles milenarios, utilizados históricamente como lugares de encuentro. Y yo, precisamente, he vivido una experiencia de encuentro. Conmigo, con los otros, con mi fe y con nuestra difícil historia. ¿Qué me llevo de un sitio que, a ojos de gran parte de la población, ni siquiera existe? Las preguntas también me acompañarían al regresar: cuando contemplo a los migrantes que han venido hasta aquí y recuerdo que, tanto aquí como en sus propios países, el mundo parece haberles relegado a ser ciudadanos de segunda categoría.
En Togo, un pequeño país condenado a ahogarse en los puestos más bajos de los índices de riqueza y bienestar del planeta, salen siempre a flote el ímpetu, la esperanza o un sentimiento de comunidad y fraternidad que sueña con un futuro mejor. Un compromiso para ellos y con los demás, como demostraban los jóvenes que estaban cerca del proyecto que tienen allí las comunidades Adsis. Tras la ocupación europea –primero alemana y después francesa,– los togoleses han tenido que volver a aprender a ser ellos mismos, y la herida del post-colonialismo sigue abierta. ¿Cómo repercute esto en su concepto de futuro, si su pasado ha sido amañado? Cuando se nos habla de “los últimos,” olvidamos que no dejan de ser los primeros de sus propias vidas, y apreciar algo tan obvio provoca una perplejidad absurda. Ojalá poder dejar de usar semánticas de resistencia como “fortaleza” y “resiliencia,” es decir, tener que dejar de admirar sus luchas diarias por salir adelante, y desear que puedan –sin más– vivir sin sobrevivir.
A pocos días de irme, le dije algo a Fermín, sacerdote jubilado que, desde su compromiso en Adsis, ha decidido que Lomé es el lugar donde debe estar. “Me da miedo olvidar esto”. Dos meses después de regresar, sé por qué lo dije: porque el día a día te engulle, los ritmos de una ciudad ensordecen y los momentos de pausa y discernimiento se convierten en un escenario distópico: sólo hay presente y, en cambio, no hay presencia. Me daba miedo olvidar, y con razón: soy olvidadizo, pero si quiero recuerdo. Y cuando elijo recordar, siento un privilegio: no sólo el natural, como europeos en una sociedad del bienestar, sino el genuino honor de haber podido vivir esta experiencia, una que muchas personas ni se plantean –ni qué decir que ni siquiera desean, porque quién va a desear la miseria y las limitaciones, si desde que somos niños se nos insta a hacerlo todo para sortearlas, en vez de confrontarlas. Si elijo recordar, también elijo la presencia. La elegí este verano, y en un entorno extraño, uno se sorprende con lo rápido que nos adaptamos a lo nuevo.
En cuestión de días, algo inaudito es de pronto normal y lo extraño se hace familiar: y los otros, de pronto, somos nosotros. Y aunque en África un blanco siempre será un blanco (o un yobo, como nos llaman en ewe), para un blanco, pese a que allí absolutamente todo tiene otro significado –desde la idea de familia hasta la de ocio, o la misma intensidad en que se vive la fe– y otro sabor y otro olor –y, por supuesto, otro color–, hay algo que siempre va a imperar: las miradas. El tú a tú nos iguala, nos dignifica y nos hace hermanos. Es una obviedad, pero todo lo obvio lo olvidamos; la autenticidad del encuentro siempre va a ponernos en nuestro lugar, en humildad y reconocimiento mutuo, y en verdad la diferencia más clara que nos separa a los jóvenes togoleses y a nosotros es, simplemente, la drástica ausencia de oportunidades. Y si cada persona es una oportunidad, los togoleses se enfrentan a la dolorosa contradicción de un país sin oportunidades. Adsis, como otras tantas comunidades que trabajan por y para las personas del Sur Global, acomete la acción más extremista posible: lanzarse a las tierras olvidadas por el runrún del capitalismo y la productividad, esas tierras que han sido las últimas en cartografiarse, las que nadie se atrevía a ver entonces y ahora. Es el acto valiente de dar oportunidades: no desde una visión asistencialista, sino desde el don de ofrecer el poder de sentirse vistos y fructíferos e igual de válidos en sus diferencias y en sus semejanzas a nosotros, los yobos del otro lado del mundo. Ahí está el éxito de una misión con vocación”.




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