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Recordando a Josetxu Larrakoetxea Aurrekoetxea

30 junio 2025 by Misiones Diocesanas Vascas - Vitoria Deja un comentario

Fallecido el 16.06.25, a la edad de 86 años.

¡Querido Josetxu!

Formaste parte, durante cinco años, del equipo pastoral de Machala, con Jesús Mtz. de Ezkerekotxa, Luismaria Goikoetxea, Txetxu Lag, Joaquin Astiz, Julián Ruiz de Garibay, Mari Carmen Biain, Jesús Suso, y Alfredo Zabala, que nos acompañaba a menudo, además de Kike Larrea, que estaba muy cerca (en el Guabo). No podemos olvidar, tampoco, a otros compañeros de la provincia de Oro (Patxi Larrea, Arenillas), Iñaki Cámara (Huaquillas) Luzio Urreta y Mario Albisua (Santa Rosa) -y en fin, sería injusto no tener en cuenta a las religiosas que nos ayudaban (las IMS, las Aliadas y las Hijas de la Caridad) y que formaban también parte de tus relaciones cercanas de trabajo, personas con las que mantenías un estrecho contacto.

No quisiera dejar de mencionar al sacerdote ecuatoriano Hernán Rodas Martínez y al equipo de Pucará que trabajaban con él, en Shumiral, especialmente Arhimo Ben Hamu y Carmen Conesa, a quienes informaré de tu fallecimiento y a quienes enviaré este texto. Tú eras una persona muy querida para todas estas personas, para todo/as nosotra/os.

En fin, Luis María Goikoetxea me informa que hicisteis juntos el viaje a Ecuador; él, para continuar su camino a Lima y tú, para quedarte en Machala. De todas formas, Luis María venía mucho por Machala a visitarnos y a acompañar al equipo de jóvenes de la JEC de nuestra ciudad, por lo que su trabajo y su presencia te eran muy conocidos y los jóvenes de los barrios en los que tú trabajaste, especialmente, el barrio “Cristo del Consuelo” le eran muy cercanos.

Josetxu Larrakoetxea

Josetxu Larrakoetxea

Falta uno, el autor de estas letras, es decir, Pepe Martínez, hoy conocido como Josetxu Martínez Montoya.

Cuando llegaste a Ecuador, el Grupo Vasco (así nos conocían en ese país) estaba reunido en Babahoyo, pero yo me había quedado en Machala, para garantizar la atención pastoral en la Catedral.

Con todo, por encargo de Alfredo Zabala, el coordinador del Grupo Vasco, fallecido hace pocos años por la COVID, yo había preparado un texto sobre la Iglesia Popular que no fue mal acogido, pero que recibió varias críticas por la terminología que, según algunos, era poco apropiada teológicamente. Para alguien que acababa de obtener una licenciatura en teología, como era mi caso, no era nada gratificante. Pero, digámoslo claramente, yo recogía formas de hablar propias de las nuevas formas de comunidad que estaban surgiendo entre las bases eclesiales y, de esta manera, estaba manifestando una vocación que se confirmó más tarde: la de mi ilusión por la antropología social. Yo no renunciaba, como nunca renuncié, a mi vocación teológica, ni a mi pertenencia eclesial, pero empezaba a despertarse una tendencia analítica de estudio de la realidad y de reflexión antropológica que nunca me abandonó.

Pero, sigamos con nuestro relato. A los pocos días de tu llegada a Machala, una vez concluido el encuentro de Babahoyo, Josetxu, tú me dijiste: «Yo no te conocía, pero tengo que decirte que el texto que preparaste me gustó mucho».

Desde ese momento, comprendí que nos íbamos a llevar bien. Y así fue. Tus cinco años en Machala, tu presencia, tu forma de ser, tus inquietudes y preocupaciones, fueron para mí, motivo de permanente alegría.

Después de tus vacaciones en Euskadi, cuando faltaba poco tiempo para que volvieras, recibo una carta tuya, en la que me decías que regresabas, pero no para reintegrarte como miembro del equipo de pastoral de la Catedral de Machala, sino para casarte con Janeth Carmona, de Puerto Bolívar, miembro del equipo de la JEC.

Ese día, Julián Garibay, Josetxu Lag y yo, íbamos en un Susuki, que manejaba yo, a San Luis, un balneario cerca de Pasajes (El Oro).  Julián me dice: ¿” Que te pasa, Pepe, tú sueles conducir muy bien, y hoy has hecho varias “guayacas»?. Lo de conducir bien, era, sin lugar a dudas, una de mis habilidades. Monseñor Vicente Maya, a quien solíamos llevar a Ballenita (Santa Elena) para que descansara de su enfermedad terminal, por una carretera llena de baches, solía decir: “el Padre Pepe, ¡qué mal habla, pero que bien conduce!”. Conceso Lomas, que acaba de fallecer hace poco, no se dejaba escapar ni un solo bache. Yo los evitaba todos.

Tú mismo, estimado Josetxu, pudiste comprobarlo en el viaje que hicimos juntos a Lago Agrio, y al Aguarico, donde estuvimos jugando al mus con monseñor Alejandro Labaka, antes de que los hoaroanis le lancearan junto a la religiosa colombiana Inés Arango (junio del 87).

Éste fue para tí un viaje iniciático. Pudiste comprobar el estado calamitoso de la carretera al Amazonas en ese momento, y lo dificultoso del viaje al Aguarico. Y fuiste testigo de la situación de atropello y de expolio de que eran objeto las comunidades indígenas por parte de las multinacionales petrolíferas.

Y, después de esta digresión, en la que he recordado a estos dos obispos ecuatorianos, Maya y Labaka, vuelvo al viaje a San Luis con Txetxu y Julian: Era cierto lo que me decías Julián; me había saltado dos semáforos y la orden de detenerme dada por un policía municipal.

«Esta noche os cuento, les dije; no quiero monopolizar el encuentro semanal de San Luis«, lugar al que íbamos todo el equipo de vascos de El Oro a bañarnos y a pasar el día cada lunes. Y así fue; esa noche, en Puerto Bolivar, en el Convento Parroquial donde vivía Julián, nos encontramos y les leí tu carta. Y comprendieron mi desconcierto.

Con todo, siendo sincero, tengo que decir que sentíamos tristeza porque perdíamos un miembro cualificado de nuestro equipo pastoral pero, por otro lado, nos alegrábamos por Janeth quien ganaba un compañero, que le dio tres bello/as hij\as Josune, Leyre y Andoni, y una agradable vida. Y por nuestra parte, nunca dejaste de ser el amigo que siempre habías sido. Lo seguiste siendo, esta vez, por duplicado.

Josetxu era una persona muy agradable, chistosa, jocosa, que sabía hacer, reír y alegrar la vida de los que compartían su tiempo y su espacio. Con Josetxu, nunca te aburrías. Era también un buen cocinero. Los domingos, Laura y Eloisa, nuestras dos ilustres cocineras, sabían que tenían el día libre, pues Josetxu preparaba la comida, mientras escuchaba, por la radio, la trasmisión de los partidos del Athletic.

Pero, Josetxu era algo más que un buen amigo, un hombre alegre y agradable, y un buen cocinero, entre otras cosas.

Era también un miembro cualificado, en cuanto agente de pastoral, de las comunidades cristianas a las que había venido a servir en tierras distantes a las de su destino local, Otxarkoaga, tierras en las que la presencia pastoral de los vascos era bien conocida.

Y, en esta faceta, Josetxu supo integrarse con responsabilidad y con profundidad, en la perspectiva de la Teología de la Liberación, y en las luchas en favor de los más empobrecidos y de los marginados.

Josetxu, al escoger una vida de casado, para formar una familia, no renunció a predicar y a vivir su compromiso con la justicia y con los valores evangélicos de Jesús de Nazareth. Sufría cuando oía las declaraciones de algunos jerarcas, en contradicción evidente con el mensaje evangélico y se alegraba cuando, como en el caso de Monseñor Proaño, la jerarquía reconocía que el papel de la Iglesia-comunidad era precisamente convertirse en una comunidad de creyentes, que predicaban y vivían, «el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se nos daría por añadidura».

Cuando me acompañaste a Quito para que el Dr. Coral me tratase mis males de trigémino, y recorrimos varias instituciones, para encontrarte trabajo, lo hallamos en el FEPP (Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio), y a los pocos meses, iniciabas tu nueva andadura en la ciudad de Guaranda, y más tarde, en Cuenca, de donde te desplazaste a Bilbao con tu familia, ciudad en la que has vivido hasta tu fallecimiento (86 años); pero no cambiaste ni tus ideas, ni tus sentimientos, ni sus compromisos. Los desarrollaste en otros espacios, con otros protagonistas, pero con las mismas convicciones, con la misma voluntad de servicio a la Iglesia de los pobres, y con la firme convicción de que la defensa de la justicia, de los derechos de los débiles y de los marginados, es el camino a seguir si queremos ser fieles al mensaje de Jesús de Nazareth.

Larrako

Larrako y Josetxu, autor de este texto.

 

Por tu testimonio y por tus inquebrantables convicciones, Mila esker, Josetxu.

¡Janeth, Josune, Leyre, Andoni y demás familia! (y toda\os nosotro/as que lo hemos tenido tan cerca), demos gracias a Dios por habernos permitido compartir la vida, las ilusiones y los compromisos, pero también ese carácter tan alegre y agradable de Josetxu Larrakoetxea Aurrekoetxea.

Josetxu (Pepe) Martínez Montoya.

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Publicado en: Noticias

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