(Comentario al lema del Domund)
Proseguimos con las colaboraciones de varios misioneros y misioneras en las que reflexionan sobre el lema del DOMUND de este año «Corazones ardientes. Pies en camino». Hoy es Luis Carlos Rilova, misionero del IEME en Zimbabue, quien nos hace llegar estas líneas:
Recuerdo que, de niño en el invierno, mientras mis padres se ocupaban del ganado, yo pasaba tiempo en la gloria con la abuela. Cuando llegaba mi abuelo, ella refunfuñaba diciendo: “cierra la puerta que se escapa el gato”. Yo, inocente de mí, por más que miraba y remiraba no veía al gato por ningún lado, pues lo que se fugaba era el calorcillo en que tan a gusto se estaba. La gloria mantenía la casa templada y entonaba el cuerpo de quienes cansados y tiritando de frío sufrían las inclemencias del duro periodo invernal, de manera que una vez recuperados y entrados en calor volvían a la intemperie para continuar su tarea.
Esta anécdota me viene al pelo para compartir con vosotros el lema del DOMUND 2023, “Corazones ardientes, pies en camino”, porque tal cual era la gloria de la casa de mi abuela, así debe ser hoy la Iglesia y nuestras comunidades cristianas: espacios donde uno encuentra el calor obligado y la suficiente energía para reponer el corazón del apóstol de manera que no se enfríe, se mantenga férvido y apasionado, y bien templado salga de nuevo afuera y sea para todos fuente de alegría, esperanza y liberación. Para realizar esta tarea misionera no bastan los buenos propósitos y las rectas intenciones del corazón. Se necesitan “evangelizadores con espíritu, que oran y trabajan”(EG 262), con un espíritu apasionado que impulsa, motiva, alienta y da sentido a su acción evangelizadora y convencidos de su misión: que Jesús y el anuncio del evangelio son la mejor manera de servir a la humanidad.
Al hilo de todo esto me gustaría compartir con vosotros la siguiente experiencia que deseo pueda ayudarnos a ser evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu.
La misión de Lusulu, en Zimbabue, se encuentra en pleno bosque, a más de 100 kms de la carretera. En la estación de lluvias la gente anda atareada en los trabajos del campo y uno puede sentirse a gusto y bien justificado quedándose en casa disfrutando de “la gloria». En ello estaba cuando al ojear “L’Osservatore Romano” di con unas palabras que el papa Francisco dirigía a unos seminaristas, futuros sacerdotes, en las que les decía: “La misión es algo que el Espíritu nos empuja a hacer: a salir fuera, salir hacia fuera, a estar siempre en salida. Si no tenemos horizonte apostólico siempre existe el peligro de equivocarnos. Y salir hacia afuera sin llevar un mensaje, una buena noticia o sólo para dar un paseo, eso es salir hacia afuera sin eficacia”. ¡Maldita sea, me dije a mí mismo, ya se me ha aguado la fiesta! Aunque el cielo amenaza lluvia y me invita a quedarme en casa, estas palabras me espolean y me recuerdan que estoy “de servicio” a la misión de la Iglesia en este lugar, que he de dejar el sofá y salir, pero no a dar una vuelta sin más a ver qué sale, sino con un horizonte, “a tiro fijo”, con un objetivo claro para no perder el tiempo. Así pues, planeé en seguida ir a solucionar algunos trabajos pendientes en la Zona 2 de la misión, y al día siguiente, preparada la mochila desde bien temprano, cargué la bicicleta en la pick up y salí rumbo Este.
La primera labor fue animar a un matrimonio que estaba atravesando una pequeña crisis. Después de visitar otras dos casas me moví unos km para pasar la noche con otra familia. Al día siguiente, de madrugada, monté en la bicicleta para adentrarme en una zona de más difícil acceso. El cometido era variado: visitar gente que ha dejado la fe, un catequista que no enseña, una pareja que lleva años sin dar el paso al bautismo, una familia que está empezando a venir a la iglesia, etc. La bicicleta, además, me dio la oportunidad de saludar a cada transeúnte del camino, animar a quienes trabajaban en las fincas, parar y saludar cuando cruzaba por delante de la puerta de las chozas… Después de un día agotador, recorriendo estrechos senderos, pedaleando bajo un sol de justicia y, a veces, atollado con la bicicleta en la arena, por fin, alcancé la última estación del recorrido, la casa de la señora Nhliziyo. Bien preparada intelectualmente, multifacética y con recursos, esta mujer posee un sinfín de cualidades que pone al servicio de todos: miembro del consejo pastoral, catequista, animadora en la fe de dos pequeñas comunidades cristianas en esa zona, con sensibilidad para la liturgia y el canto, imparte formación en los cursos de líderes y catequistas, y lo más importante, posee un don especial para entusiasmar y acompañar a los cristianos de la misión en la fe, y aún le queda tiempo para dedicarse a su familia y organizar las tareas propias de una casa africana: buscar leña, proveer con agua, mantener las chozas, el ganado, los campos… Claro que para hacer todo esto, ella también sabe buscarse ayuda. Charlamos largo rato mientras yo iba reponiendo las fuerzas con un refresco y unas deliciosas magdalenas caseras. Como podéis ver, la señora Nhliziyo es un puntal fundamental en la misión y todo un ejemplo de “corazón ardiente y pies en camino” que es lo que precisamente, oh maravillosa coincidencia, significa su nombre “nhliziyo” en castellano, “corazón”. Me despedí y ya en el último tramo del camino, empinado y arenoso, me tocó empujar la bicicleta por un buen rato. Aún me quedaban un par de visitas en un área cercana pero una copiosa y abundante lluvia hizo inviables los caminos, resbaladizos ahora y llenos de lodo, así que con un fuerte impulso levanté en vuelo la bicicleta y la dejé reposar en la parte trasera de la pick-up.
Es verdad que el coche me presta un servicio impagable pero también me doy cuenta que ir a pie o en bici va más acorde con el contexto que me rodea y el terreno que piso. Ropa cómoda, zapatillas, bicicleta y una mochila a la espalda dan la imagen de una iglesia en salida más en consonancia con el Evangelio y con el deseo del papa Francisco. Y es que al Espíritu le gusta más empujar desde atrás al que pedalea o camina, que ser arrastrado por la fuerza de los caballos de un motor o la velocidad de un coche.
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