EL DESEO QUE JESÚS TIENE DE NOSOTROS ES EL MOTOR DE LA MISIÓN
“El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros y recibiréis su fuerza, para que seáis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1,8). De las palabras de Jesús – de despedida, misión y envío – extraemos con el Papa el lema del Domund en este año 2022: “Seréis mis testigos.”
La diócesis de Vitoria está trabajando en este curso pastoral la tercera línea del III Plan Diocesano de Evangelización: “Vivir y celebrar la fe.” Y por ello estamos desgranando, en este curso también, la última carta apostólica del Papa: “Desiderio Desideravi.” De su mano queremos redescubrir la celebración de la fe, fundamentalmente, en los sacramentos De la Iglesia, como el motor de la evangelización y del servicio.
“Una celebración que no evangeliza, no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que resuena o un címbalo que aturde (cfr. 1Cor 13,1).” Es una expresión redonda del papa Francisco en el número 37 de la Carta Apostólica. Evangelización, caridad y celebración son los tres fundamentos de la comunidad cristiana. En esta Jornada Mundial de las Misiones 2022, nos interesa profundizar en la misión de anunciar el evangelio desde la celebración, para cosechar frutos de caridad.
“Nadie se ganó el puesto en esa Cena, todos fueron invitados, o, mejor dicho, atraídos por el deseo ardiente que Jesús tiene de comer esa Pascua con ellos…El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9). Lo único que se necesita para acceder es el vestido nupcial de la fe que viene por medio de la escucha de su Palabra (cfr. Rom 10,17): la Iglesia lo confecciona a medida, con la blancura de una vestidura lavada en la Sangre del Cordero (cfr. Ap 7,14). No debemos tener ni un momento de descanso, sabiendo que no todos han recibido aún la invitación a la Cena, o que otros la han olvidado o perdido en los tortuosos caminos de la vida de los hombres. Por eso, he dicho que “sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (Evangelii gaudium, n. 27): para que todos puedan sentarse a la Cena del sacrificio del Cordero y vivir de Él.” Éste deseo del Señor, que se recoge en los números 4 y 5 de la Carta, es el motor de la capacidad evangelizadora de la celebración. Aquí está la fuerza de atracción de la celebración cristiana.
“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15). Este deseo de Jesús, que afecta a toda la humanidad, está presente en el alma de nuestras celebraciones. “Antes de nuestra respuesta a su invitación – mucho antes – está su deseo de nosotros: puede que ni siquiera seamos conscientes de ello, pero cada vez que vamos a Misa, el motivo principal es porque nos atrae el deseo que Él tiene de nosotros. Por nuestra parte, la respuesta posible, la ascesis más exigente es, como siempre, la de entregarnos a su amor, la de dejarnos atraer por Él. Ciertamente, nuestra comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo ha sido deseada por Él en la última Cena.” 6
El Papa afirma que “la Liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro. No nos sirve un vago recuerdo de la última Cena, necesitamos estar presentes en aquella Cena, poder escuchar su voz, comer su Cuerpo y beber su Sangre: le necesitamos a Él. En la Eucaristía y en todos los Sacramentos se nos garantiza la posibilidad de encontrarnos con el Señor Jesús y de ser alcanzados por el poder de su Pascua. El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos. Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroisa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados. El Señor Jesús que inmolado, ya no vuelve a morir; y sacrificado, vive para siempre [2], continúa perdonándonos, curándonos y salvándonos con el poder de los Sacramentos. A través de la encarnación, es el modo concreto por el que nos ama; es el modo con el que sacia esa sed de nosotros que ha declarado en la cruz ( Jn 19,28).” 11. Cuando en nuestras celebraciones la gente se percibe “deseada” por el Señor, quiere compartir esta certeza con los hermanos y se siente enviada. Ha encontrado un tesoro que quiere comunicar.
“Si faltara el asombro por el misterio pascual que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración… El encuentro con Dios no es fruto de una individual búsqueda interior, sino que es un acontecimiento regalado: podemos encontrar a Dios por el hecho novedoso de la Encarnación que, en la última cena, llega al extremo de querer ser comido por nosotros. ¿Cómo se nos puede escapar lamentablemente la fascinación por la belleza de este don?”, dice el Papa en el número 24. El asombro agradecido es el origen de la misión.
Incluyo en mi mensaje unas palabras impresionantes dirigidas a los sacerdotes que presiden la celebración, incluido yo: “Para que este servicio se haga bien – con arte – es de fundamental importancia que el presbítero tenga, ante todo, la viva conciencia de ser, por misericordia, una presencia particular del Resucitado. El ministro ordenado es en sí mismo uno de los modos de presencia del Señor que hacen que la asamblea cristiana sea única, diferente de cualquier otra (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 7). Este hecho da profundidad “sacramental” –en sentido amplio– a todos los gestos y palabras de quien preside. La asamblea tiene derecho a poder sentir en esos gestos y palabras el deseo que tiene el Señor, hoy como en la última cena, de seguir comiendo la Pascua con nosotros. Por tanto, el Resucitado es el protagonista, y no nuestra inmadurez, que busca asumir un papel, una actitud y un modo de presentarse, que no le corresponde. El propio presbítero se ve sobrecogido por este deseo de comunión que el Señor tiene con cada uno: es como si estuviera colocado entre el corazón ardiente de amor de Jesús y el corazón de cada creyente, objeto de su amor. Presidir la Eucaristía es sumergirse en el horno del amor de Dios. Cuando se comprende o, incluso, se intuye esta realidad, ciertamente ya no necesitamos un directorio que nos dicte el adecuado comportamiento. Si lo necesitamos, es por la dureza de nuestro corazón. La norma más excelsa y, por tanto, más exigente, es la realidad de la propia celebración eucarística, que selecciona las palabras, los gestos, los sentimientos, haciéndonos comprender si son o no adecuados a la tarea que han de desempeñar. Evidentemente, esto tampoco se puede improvisar: es un arte, requiere la aplicación del sacerdote, es decir, la frecuencia asidua del fuego del amor que el Señor vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49).” 57
Este “horno del amor de Dios “nos alcanza a todos los bautizados, en la pluralidad de vocaciones y carismas. El “corazón ardiente de amor de Jesús”, quiere llegar a toda la humanidad. Somos conscientes de su deseo y nos seguimos ofreciendo como pobre mediación. “Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, mantengamos la comunión, sigamos asombrándonos por la belleza de la Liturgia. Se nos ha dado la Pascua, conservemos el deseo continuo que el Señor sigue teniendo de poder comerla con nosotros. Bajo la mirada de María, Madre de la Iglesia.” 65
Gure Elizak misioen eguna ospatzen du. Egun bat besteen alde bizia eskaintzen ari diren gizon-emakumeak gogoratzeko, horiekin elkartasunean sentitzeko. Besteek bizia ugaria izan dezaten beren bizitza oparotasunez urtzen ari dira. Egin dezagun otoitz horien alde. Osotasunean bizitzeko zerbitzuan bizitzea ez da erraz irenstekoa. Dena den, DOMUND egunak, pertsona askok horrela ulertu dutela eta beren bizitza horrela eskaintzen dutela gogoratzen digu. Jesusek ereindako hazia emankorra zen… eta indarrez erne da!
Queremos seguir siendo sus testigos. Mi abrazo y bendición para nuestra diócesis misionera de Vitoria
+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

Dios Nuestro Señor, siempre está con nosotros, muchísimas gracias Monseñor Don. Juan Carlos, por esta preciosa reflexion. Reciba un cordial saludo de S. S. S. Francisco Ortega Mena.
Muchas gracias por tu comentario