Mari Carmen Ruiz Alday nació en Vitoria/Gasteiz, el 18 de septiembre de 1950. Hizo los votos perpetuos como Mercedaria Misionera de Berriz (MMB) el 2 de agosto de 1981. En 1984 “como un regalo de Reyes” llegó a Perú (el 6 de enero), desde entonces acompañó a las comunidades de Ecuador y Perú. Sus últimos años han sido en la nueva comunidad de Rinconada (diócesis de Chimbote). Falleció en Lima, el 12 de septiembre de 2020. En el texto que reproducimos a continuación, Xabier Eskauriatza, misionero que compartió muchas vivencias con ella, le dedica unas cariñosas palabras:
A más de uno le parecerá extraño el titular que he escogido, con motivo del fallecimiento en Lima de Mari Carmen, compañera por unos cuantos años en la misión de Bahía de Caráquez (Manabí). Me explico. Fui yo quien, entre bromas y en serio, «bauticé» a Mari Carmen Ruiz Alday como «la sargento”. Estoy seguro de que me perdonará. Es un apelativo cariñoso que surgió en una tarde de mucho trabajo en la que Mari Carmen nos sorprendió bebiendo una coca-cola en medio de un desembarco de ayuda llegada desde Quito para Bahía al aeropuerto de Los Perales en San Vicente. Nos robamos tres botellas de cola y mientras nos escaqueábamos por unos minutos del pesado trabajo nos dijo: «¡Venga, a trabajar… que parecen ustedes militares ociosos!». A lo que le contesté: «¡A sus órdenes, mi sargento Ruiz Alday!”. Le pudo mi graciosa respuesta y también ella se sumó a quienes estábamos bebiendo la coca-cola.
Tres escenas me vienen a la mente para intentar describir lo que fue Mari Carmen. Primera: Pantalón vaquero, visera puesta al revés, cigarrillo en mano, volante en ristre, acelerador a tope y …¡a visitar una comunidad del campo!. Entregada, generosa, cariñosa con los niños, solidaria con los pobres, fuerte en la fragilidad y frágil en la fortaleza. ¡Todo un icono de misionera…! Agotada al acabar la jornada, pero sin perder su sonrisa…ni encender el último cigarro del día. Segunda: Domingo por la tarde. Eucaristía en La Merced de Bahía Blusa blanca, falda azul marino, zapatos negros, cruz mercedaria sobre su pecho…Entonando las canciones con voz de soprano. Otra Mari Carmen, y, sin embargo, la misma de los vaqueros y el Toyota a toda velocidad…Tercera: Clínica Guayaquil. Habitación 103. Mari Carmen está ayudando a levantarse de la cama a Manolita Aguayo, ingresada en ese centro hospitalario. ¡Con qué ternura y delicadeza! Me emociona aún hoy al recordarlo. Era la Mari Carmen hermana, la Mari Carmen Mercedaria, la Mari Carmen a quien Manolita llamaba en su peculiar castellano-andaluz » la Ruí». Y, como si del misterio trinitario se tratase, era la misma Mari Carmen del Toyota y la de la falda azul marino. Esa era nuestra Mari Carmen Ruiz Alday.
Recuerdo que sólo las migrañas lograban tumbarla en su cama. Pero, tras un par de días y alguna inyección que otra, se erguía otra vez la misionera, la hermana, la compañera…la «sargento Ruiz Alday”. Nunca olvidaré la paciencia que tuvo conmigo enseñándome a manejar (paciencia compartida a partes iguales con Patxi Larrea), y tampoco todo lo que me ayudó en mis inicios de misionero para no «meter la pata» demasiado en el trabajo y en el trato con las comunidades del cantón Sucre. Todavía admiro su capacidad de aguantar los desafinos en el canto de aquellos lugareños, sobre todo teniendo en cuenta (de raza le viene al galgo) su sensibilidad para la música y el canto. Y, como no, reconozco que tuvo mucha paciencia gasteiztarra con un bilbaino «echao pa´lante» como yo.
Pasamos juntos días muy duros en Bahía (fenómeno del Niño, terremoto posterior, muertes en el deslave de María Auxiliadora…) y también días muy felices. Y siempre fue compañera leal en las fatigas y en las horas de bonanza. Fue muy querida en Bahía, sobre todo por su sintonía con el incipiente Movimiento de Mujeres de La Merced, liderado por nuestra común comadre Andrea Quijije. Recuerdo su macuto al hombro, su pitillera de cuero, su pulsera con los colores de la bandera ecuatoriana y su pequeña biblia de bolsillo …
Se me pone un nudo en la garganta cuando me viene a la memoria cómo le pedí que me acompañara (al de un mes del accidente) a rezar junto a la tumba de Begoña Azkue al cementerio de Bahía. Gracias a ella pude superar aquel mal trago. Con ella recé y lloré. Con su abrazo cálido pude encontrar serenidad y paz aquella tarde en la que increpé a Dios (¿por qué murió Begoña y no yo?). Ella era la misma Mari Carmen del acelerador a fondo y de la voz de soprano en la eucaristía de La Merced…
Siempre que coincidimos en sus vacaciones nos solíamos ver. Incluso en alguna ocasión pernoctó en mi casa familiar de Bilbao. En las reuniones de los «manabas» era de las fijas y, cuando podía, no faltaba a nuestras citas para comentar aspectos de la misión y de la situación socio política del Ecuador. Alegre, siempre joven, siempre entusiasta, siempre imbuida del espíritu de la madre Margarita Maturana…
En ese cielo, rojiblanco para mí (soy del Athletic desde el seno materno) y albiazul para ella (su «Glorioso» Alavés cumple esta temporada los 100 años) Mari Carmen Ruiz Alday será para todos los «manavascos» un referente, una estrella y un estímulo en la construcción del Reino desde los pobres y con los pobres. Ha muerto en Perú. Ojalá el «somos libres, seámoslo siempre, seámoslo siempre» del himno peruano sea una realidad más pronto que tarde. Como cantaba Paco Ibáñez » la música militar nunca me supo levantar», pero, en este caso, y sin que sirva de precedente, desde lo más profundo de mi corazón grito (como dicen los ecuatorianos) a la vez con la pena por su fallecimiento y con la convicción de su resurrección…»¡A la orden, mi sargento Ruiz Alday!». Bihotz bihotzez.
Xabier Eskauriatza.

Deja una respuesta