El hermano José Miguel Goldáraz Olaechea, falleció el pasado mes de abril. Goldáraz nació el 17 de marzo de 1937 en Osinaga, Navarra, en el seno de una familia numerosa y campesina. Fue el cuarto de nueve hermanos, y desde joven abrazó la vocación franciscana capuchina, siguiendo los pasos de su hermano Mateo. Con apenas 16 años ingresó al aspirantado en Alsasua y, tras años de formación y estudios filosóficos y teológicos en Zaragoza, Nuin, Pamplona y Roma, fue ordenado sacerdote en 1964. Su vocación misionera lo llevó primero a Filipinas, y luego a Ecuador, donde llegó el 20 de octubre de 1972 para entregarse de lleno a la vida en la selva amazónica. Desde entonces, permaneció más de cincuenta años en el Vicariato Apostólico de Aguarico.
A lo largo de estas cinco décadas, vivió en distintos puntos de la ribera del río Napo -Coca, Puerto Quinche, Pompeya y finalmente Nuevo Rocafuerte-, donde acompañó con constancia y compromiso a comunidades indígenas y colonas. Fue superior regular, rector del Seminario de Coca, fundador de la FECUNAE y del Centro de Formación Intervicarial Runa, entre otros. Pero más allá de los cargos, lo que más se recuerda es su cercanía con la gente, su palabra clara, su defensa de los derechos de los pueblos y su boina vasca, que siempre lo identificó. Esa boina, que no se quitaba más que para dormir, se volvió parte de su figura cotidiana: una especie de sello entrañable que todos asociaban con él.
En la historia de la misión amazónica ecuatoriana hay nombres que resplandecen, por la grandilocuencia de sus palabras, y por la hondura de su testimonio. Uno de esos nombres que deja huella, que no se olvida, es el del hermano José Miguel Goldaraz. Su vida no fue una carrera rápida ni una presencia fugaz: fue una siembra profunda, un compromiso sostenido, una fidelidad obstinada al Evangelio encarnado en la Amazonía.
Llegó a nuestras tierras como quien viene a escuchar. Con una mirada aguda y una disposición abierta, se dejó tocar por la realidad de los pueblos indígenas y por el clamor de la tierra. No tardó en comprender que la misión no consiste en llevar respuestas, sino en vivir preguntas. No se trata de “hacer por”, sino de “caminar con”. José Miguel lo entendió y lo vivió. Su compromiso con el Vicariato Apostólico de Aguarico, y con la Misión Capuchina en su conjunto, fue una forma de entrega sin retorno. Una opción que marcó todo lo que fue, todo lo que pensó, todo lo que escribió.
En sus múltiples textos -profundos, lúcidos, apasionados- no encontramos teoría hueca, sino reflexión nacida de la vida misma. Quienes lo leímos, y más aún quienes lo escuchamos, sabemos que cada palabra suya brotaba de una experiencia concreta, sufrida, acompañada. Hablaba desde el terreno, desde el rostro de la gente, desde los conflictos reales, desde la espiritualidad indígena que tanto valoraba y defendía. Supo ver la riqueza de la cosmovisión naporuna y la reconoció como una verdadera teología del pueblo. En ella encontró claves para la misión, para el anuncio del Reino, para una Iglesia que no teme despojarse de privilegios y revestirse de humanidad.
Pero no solo fue un teólogo de la Amazonía; fue también un pedagogo. Su impulso por formar líderes indígenas, conscientes de sus derechos y comprometidos con su pueblo, dio fruto en la escuela sociopolítica Achakaspi Bula. No buscaba formar activistas aislados, sino personas enraizadas, capaces de pensar desde su cultura y actuar con firmeza frente a las injusticias. Creía que la educación debía ser una herramienta de liberación, una chispa para encender procesos comunitarios, una forma concreta de construir esperanza.

Quienes compartimos con él espacios de discernimiento pastoral, lo recordamos por su claridad. No se perdía en rodeos. Decía las cosas con frontalidad, pero sin herir. Sabía que el Reino de Dios no se juega en equilibrios tibios, sino en decisiones valientes. En contextos marcados por la explotación petrolera, la colonización silenciosa y la violencia estructural, José Miguel fue una voz incómoda. No calló. Denunció con serenidad, con argumentos, con pasión. No lo hizo desde un púlpito seguro, sino desde la selva, desde las asambleas, desde las caminatas entre comunidades. Ahí se mantuvo. Ahí se desgastó. Ahí vivió.
El tiempo le dio la razón. Muchas de sus intuiciones sobre ecología integral, pueblos en aislamiento, defensa de la vida, hoy encuentran eco en los documentos del Papa Francisco, especialmente en Laudato Si’ y Querida Amazonía. Podríamos decir que vivió proféticamente lo que más tarde la Iglesia universal formuló con claridad. Para él, cuidar la casa común no era un eslogan, era un deber evangélico. Defender a los pueblos indígenas no era un acto político, era un acto de fe. Y vivir la misión no era una ocupación, era una vocación radical.
A José Miguel no se le puede encasillar. Fue muchas cosas a la vez: fraile menor, analista social, educador, escritor, militante de la esperanza. Pero, sobre todo, fue hermano. Un hermano que compartía sin alardes, que se hacía presente, que sabía estar. Su sencillez lo acercaba a todos. No necesitaba títulos ni reconocimientos. Caminaba con sandalias gastadas, escribía con cuadernos llenos de anotaciones y hablaba con la convicción de quien vive lo que cree.
Hoy, en la memoria agradecida de nuestro Vicariato, su figura se eleva sin estridencias, pero con firmeza. Nos queda su legado, sus textos, sus ideas. Pero más aún, nos queda su ejemplo. Nos queda el impulso de no ceder al cansancio, de no acostumbrarnos a la injusticia, de seguir apostando por una Iglesia que escucha, que sirve, que acompaña. Como decía él mismo: “Lo que se escribe en papeles hay que vivirlo con el cuerpo, si no, no sirve”.
Quizá por eso su voz sigue resonando. No desde el pasado, sino desde ese presente que nos desafía y nos llama a no rendirnos. El hermano José Miguel Goldáraz no fue solo un misionero. Fue y sigue siendo una de las columnas silenciosas de esta Iglesia amazónica que camina, sueña y resiste.
Puerto Francisco de Orellana
José Adalberto Jiménez, OFM Cap.
Obispo del Vicariato Apostólico de Aguarico

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